¿Estás viviendo tu sueño o el de tu familia?
¿Lo necesita tu hija o eres tú quien tiene realmente esa necesidad…?
Vaya, no sé si te habías hecho estas preguntas, pero te aconsejo que lo hagas.
Esta semana, mientras preparábamos novedades para las conferencias de nuestra provocadora, nos pusimos a pensar en la cantidad de veces que actuamos desde lo que creemos que los demás necesitan, sin preguntarnos si en realidad estamos proyectando nuestros propios deseos. Esas veces en que dejamos de vivir nuestro propio sueño para cumplir con lo que dicta la familia, la pareja, o incluso lo que creemos que «deberíamos» hacer.
Vamos, que nosotras, con ese don de organizadoras y cuidadoras que tenemos por arte del Espíritu Santo y de la madre que nos parió, nos empeñamos en que eso es lo que la otra persona quiere sí o sí.
Una escena típica: la madre que ve a su hijo salir de la guardería y le dice “ponte el chaquetón, que estás helado”. Y él contesta: “no, mamá, no tengo frío”. Pero ella insiste: “póntelo inmediatamente o te enteras”.
¿Te suena? Esa necesidad de proteger, de anticiparse, de resolverlo todo… puede convertirse en una forma encubierta del síndrome de la complaciente. Y ahí es donde empezamos a vivir más hacia fuera que hacia dentro.
Nuestra Creída Lola casa este año a su hija (sí, lo decimos así, porque es flipante esa expresión: “casar a nuestras hijas”, como si fuésemos el cura).
Además de su vestido, bolso, zapatos y tocado, Lola se está ocupando de lo que va a llevar la nieta. Y la niña, con ocho añitos, no entiende por qué tiene que dejar de jugar para probarse un vestido cinco veces, después de visitar no sé cuántas tiendas.
La abuela quiere que vaya vestida como la hija de la reina de Bulgaria, y la niña solo quiere jugar. ¿Qué hay ahí? Una mezcla de amor, tradición y expectativas. Pero también una desconexión: no es lo que la niña desea, es lo que Lola necesita ver cumplido.
Y aquí se abre el gran dilema: ¿es amor o es necesidad? ¿Es ayuda o es control disfrazado?
Porque eso nos pasa más de lo que creemos. Nos autoengañamos pensando que la otra persona necesita nuestra ayuda, nuestros cuidados, nuestros regalos. Pero tal vez lo que más necesita es que le demos espacio. O incluso que no hagamos nada.
Esto no significa dejar de cuidar, sino aprender a cuidar sin anularse, a relacionarnos desde el respeto mutuo y no desde la imposición. A practicar una maternidad consciente, incluso con personas adultas.
Si no te lo ha pedido, si te agota, si sientes frustración cuando no te lo agradecen, detente. Hazte esta pregunta mágica:
¿Esto lo hago por amor o por miedo a no ser necesaria?
Volver a ti es un acto de valentía. Y de empoderamiento femenino. Porque cuando vives alineada con tus verdaderos deseos, generas relaciones más auténticas, más libres y más sanas. Así nacen las relaciones familiares sanas, esas donde cada quien puede ser sin ser moldeado.
Te proponemos esto: observa tus acciones. Pregúntate si estás dedicando tiempo, energía o dinero a cosas que no han sido solicitadas. Y si al hacerlo, estás dejando de escucharte a ti.
A veces el mejor acto de amor es confiar en que la otra persona sabrá qué hacer con su vida. Y darte permiso para elegir desde ti, no desde lo que se espera.
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